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 Etheldred

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Mensajes 458

MensajeTema: Etheldred   Vie Feb 13, 2015 9:13 am

“En Breindan hay cinco reinos.
Cada uno peor que el otro.
Primero está Fordos, donde viven las buenas criaturas, luego está Tanron, donde vive la gente rica, codiciosa, y muy poca gente amable. Luego está Dorsab, donde vive la gente pobre, ladrones y los que no sirven de esclavos en Tanron. Luego esta Gordenon, donde habitan los niños olvidados por sus familias. Y por ultimo, Sornan, donde habitas las criaturas más oscuras, donde habita el mal.

Cuenta una leyenda, que una muchacha de cabellos rojos y sus amigos, salvará todos los reinos del mal y Sornan y sus criaturas, quedarán en el olvido.”


Epílogo:

— princesa... Su padre a...

— A muerto, ¿verdad? —preguntó la niña de ocho años.

A su temprana edad ya conocía la muerte. Estuvo a punto de morir dos veces.

— sí. No pudó soportar las quemaduras. Lo siento. —le explicó el doctor agachado a la altura de la niña.

— ¿quemaduras? —preguntó la niña en un susurro. — mamá me dijo que le dió un ataque al corazón.

— ¿te dijo eso? —preguntó y ella asintió. — ¿no te contó sobre los dragones? —preguntó y la niña negó. — ahora vengo.

Unos minutos después. Vino el doctor con una mujer de cincuenta y ocho años. Estaba coja y su vestido roto por un lado. Su pelo marrón, ya casi canoso, estaba recogido en un moño.

— ella es Rohesia. Ella te contará sobre las criaturas mágicas. —dijo el doctor para luego irse.

— ven, pequeña. —le dijo la mujer en un susurro. Su voz era tranquilizadora y suave.

La niña cogió su mano y la mujer la llevó a una habitación, que resultaba ser una librería.

— querías saber sobre los dragones, ¿verdad? —preguntó y la niña asintió. — bien. —cogió un libro y se sentó delante de la niña. — tu nombre es Etheldred, ¿cierto? —preguntó y ella asintió. — ahora descubrirás la verdad, Etheldred. —susurró la mujer. — como sabrás, en Breindan, hay cinco reinos. Tanron. El reino donde viven los ricos, la gente poderosa, como tu familia. —la mujer empujó a Etheldred cariñosamente con su dedo índice. — Luego está Dorsab. El reino de los pobres. De los que no tienen nada, solo una muda de ropa y fruta que les dan las ninfas del bosque. Donde viven gente como yo.

— si eres pobre, ¿porque estás aquí? —preguntó la niña.

Queingenua, pensó la mujer con una sonrisa.

— no lo entenderías. —dice la mujer para luego aclararse la garganta. — Sornan es el reino de las criaturas de la oscuridad. Solo hay criaturas oscuras y una que otra persona. Fordos es el reino de las criaturas “luminosas”. Solo hay criaturas buenas. Y pocas personas. Y por último Gordenon reinan los niños. Esos niños que sus padres los dejaron en el olvido.

— que estúpidos. —susurra la niña.

— mucho.

— ¡Etheldred! ¡Etheldred! —se oyó a la madre de la pequeña gritar.

Sence abrió la puerta para ver a su hija y a Rohesia sentadas en el suelo.

— ¡Tú! ¡Demonio, Bruja! ¡Alejate de mi hija, asquerosa! —gritaba la mujer con odio.

— mamá. Por favor, deja de gritar. —susurró la pequeña temerosa.

— Sence, vas a asustar a tu hija. —dijo tranquila.

— ¡vete! ¡vete a Sornan, demonio! —gritó aún furiosa.

— mamá...

— ¡callate! —le gritó a su hija. La cogió de la muñeca y la puso detrás de ella. — ¡vete!

— Sence, será mejor que te tranquilizes. —susurró y al ver a la chica con intención de gritar, la interrumpió. — ya me voy. Solo... Cuidala. Será importante para todos los reinos.

— ¡No menciones a mi hija, jamás!

La niña no podía tener más miedo del que tenía. De un momento a otro la mujer que le explicó todo de su hogar desapareció. Su madre se agachó a su altura y la cogió de las mejillas.

— ¿estás bien, cariño? —preguntó y la niña asintió temerosa. — lo siento, no quería que hablarás con ella.

Desde ese día, la vida de Etheldred cambió radicalmente. Su madre se cerró en si misma. Estaba rodeada de odio. No la quería, solo los guardias la ayudaban en sus problemas y su amiga.


Capítulo 1:

La chica de cabellos rojos se encontraba en la puerta del palacio. Recién cumplió dieciséis años y quería escaparse del palacio donde vivía, ser libre.

— ¡Garsea! —gritó la muchacha al ver a su amiga aparecer por los árboles.

— Etheldred, ven. —susurró la rubia haciendo un gesto con su mano.

La muchacha asintió, para luego ir silenciosamente al lado de su amiga. Se acomodó su bolsa de piel y suspiró.

— ¿Cómo iremos? —preguntó la rubia con el ceño fruncido. La pelirroja sonrió maliciosa y la llevó a los establos que estan a un lado del palacio.

— ¡Amis! —gritó la muchacha en un susurro.

Un caballo negro se asomó por su cuadra.— és precioso. —susurró la amiga acercandose al caballo para acariciarlo.

— no le gustan los extraños, no te acerques mucho. —le advierte a la rubia y esta se aleja.— ¡Diot! —después de susurrar el nombre, una yuega marrón apareció del otro lado.— ella és tu yegua, de momento. —dijo la pelirroja y le coge la mano de su amiga para que acaricie a su yegua.

— me encanta. Gracias, Etheldred.

— venga, vamos. —dijo la pelirroja para luego abrir la cuadra de los dos caballos y subir a Amis.

Su amiga siguió sus pasos y, al cuarto intento, pudo subir.

— será mejor que nos vayamos. Los guardias podrían despertarse. —advirtió la rubia y le susurra a su yuega que empezara a trotar. La muchacha pelirroja siguió a su amiga.

Tras unas horas montadas a sus respectivos caballos, encontraron una ciudad. La ciudad pobre de Breindan, Dorsab.

Allí se encontraban la gente mas pobre y mal herida. Los que no querían los ricos como esclavos. Una barbaridad.

— Etheldred... Tengo miedo. ¿Y si nos roban? —preguntó su amiga temorosa, cogiendo más fuerte las correas del caballo.

— ¿Qué nos van a robar? No tenemos nada. Solo ropa y pan. —contestó su amiga tranquila, aunque por dentro esta aterrada.

— por eso, Etheldred. Ellos roban lo que sea, aunque sea una miga de pan. No tienen nada. —gritó en un susurro su amiga. — yo no quiero pasar por aquí. Prefiero ir por otro lugar, antes que por Dorsab. —dijo la rubia parando su yegua.

— Garsea, no seas estúpida. Vamos, no nos pasará nada. Te lo juro. —le sonrió la pelirroja a la rubia. Y ella, resentida, fue detrás de su amiga.

— bien. —susurró para luego pasar la gran verja donde empezaba Dorsab, y la oscuridad.

Etheldred buscaba a alguien desesperadamente. Al ver a un muchacho se acercó a él.

— ¡Ey, tú! —gritó Etheldred llamando la atención del chico.

— ¿Quién eres? —preguntó el chico defensivo. — dame lo que tengas ahí. —dijo señalando la bolsa de Etheldred con la cabeza.

— busco a Rohesia. —dijo la chica ignorando lo que dijo el muchacho.

— ¿Porque buscas a mi madre? —preguntó el muchacho pálido.

— ¿Ella es tu madre? —preguntó y el muchacho asintió. — bien. Necesito verla. Sí o sí.

— no puedes verla. Esta enferma. —susurró él haciendo que Etheldred se enfadara.

— ¡Necesito verla! ¡Es importante para mi! —gritó haciendo que su amiga bajara de su yegua y la llevara consigo al lado de su amiga para tranquilizarla.— ¡Lo haré con o sin tu ayuda!

— bien. Solo... Tened cuidado. Hay mucho ladrones por aquí. —advirtió el chico.

La pelirroja bajó de su caballo y ató las correas en su mano.

El muchacho caminó por media hora. Hasta llegar a una casa hecha de madera desgastada.

Al entrar Etheldred miró la casa. Era pequeña. Consistía en una habitación. En una parte había una hoguera y utensilios de cocina y al otro lado dos montones de paja, que parecían ser la cama, y una estaba ocupada por una vieja.

— Rohesia... —susurró al ver a la vieja casi muerta.— soy yo, Etheldred.

— ¿Ethelrdred? ¿Qué haces aquí? —preguntó la vieja, se podía notar el dolor en su voz. Antes suave y tranquilizadora. Ahora, ronca y desagradable. — ¡Debes irte! ¡Tu madre hará lo que sea para alejarte de mi!

— me escapé. No soportaba más a madre. Me odiaba. —susurró con pena. — vine porque... Bueno, quería saber si tenias cosas para defenderse. Como espadas o arcos, o algo así.

— sí. Por supuesto. Blazh, enseñales las cosas. Por favor. —susurró la vieja. El muchacho asintió y se fue por dos minutos para luego regresar con una caja de madera.

Empezó a sacar cosas. Arcos, flechas, dagas, porras, espadas, entre otras cosas.

Etheldred cogió un par de dagas, una espada y un escudo que, lamentablemente, era de madera, guardó las dagas en su bolso y la espada y el escudo en su cintura. Mientras que Garsea eligió un arco y flechas, colgó el carcaj en su espalda y el arco se lo colgó en un hombro.

— Blazh... Ve con ellas. —susurró Rohesia.

— madre... No puedo irme. Debo cuidarte. —susurró el muchacho. estaba a punto de llorar.

— yo ya estoy muerta. Solo quería decirte eso, antes de morir. Te quiero, hijo. —susurró para luego dejar caer su cuerpo y dormir, para siempre.

— Blazh... ¿Estas bien? —preguntó la rubia en un susurro.

— ¡No estoy bien! Mi madre acaba de morir.

La pelirroja se acercó a Roheisa. Acaricio su pelo, ya canoso, y le cerró los ojos. Con lágrimas en los ojos, tapó a la anciana y se levantó.

— vamos. —susurró con la voz quebrada. — Blazh... Venga. —la chica cogió al muchacho del brazo y se lo llevó fuera de la casa.— Garsea, coje una espada, una porra y un escudo, por favor. —dijo y su amiga asintió para entrar otra vez en la casa y coger las cosas que le pidió su amiga.

— ten. —susurró la rubia y le tendió las armas a su amiga.

— Blazh, ten. Ahora, subirás conmigo y te tranquilizarlas, ¿de acuerdo? —preguntó y él asintió. — bien. Oh, y toma. —dijo y le entegó un abrigo que saco de su bolso.

El muchacho se puso el abrigo y siguió a la pelirroja hasta el caballo. La chica ayudó al muchacho subir, para luego subir ella.

— ¿Dónde iremos? —preguntó la rubia subiendo a la yegua.

— no lo sé. —responde su amiga para luego darle una patada cariñosamente al caballo para que andara.

— ¡Cómo que no lo sabes! ¿¡Acaso eres idiota!? —gritó su amiga exaltada.

— podríamos ir a Gordenon. —sugerió el chico ya calmado.— pero tendriamos que pasar por el bosque.

— ¿El bosque? ¿Hay criaturas magicas allá? —pregunta la pelirroja y el muchacho asiente.

— Hay ninfas, y elfos. Y puede que algun enano, pero de los amables.

— Etheldred, vayamos, por favor. —suplicó la amiga. — puede que haya algun elfo que amabley quiera ser mi pretendiente. —suspiró la rubia mientras soñaba con elfos.

— no creo, nadie te querrá a ti de esposa. —bromea la pelirroja para luego seguir las indicaciones del muchacho.
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